
jueves 28 de mayo de 2009
Clan Misek
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Alejandra
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jueves, mayo 28, 2009
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miércoles 27 de mayo de 2009
El viaje al río

El camino está malo y los arenales pueden tumbar la camioneta. Me prestaron esta Ford destartalada para recorrer los treinta kilómetros que separan Pompeya de la costa del río. Me gusta manejar sola, en silencio, con los vidrios bajos y el viento en la cara. Siempre pensé que el viento es el mejor aire que se puede respirar: se mueve y está vivo.
Te he traicionado, pero no he querido engañarte. La frase me martilla la cabeza. La leí hace poco, mientras viajaba en el micro que me trae al monte todos los meses. En el libro, un hombre trata de decirle a su mujer algo terriblemente difícil de confesar, pero que él considera imprescindible que ella sepa. La herida (de él, de ella) es enorme y no parece que vaya a sanarse nunca. El libro no cuenta qué pasa con ellos después de la confesión.
Es domingo. No hay nadie y eso es justo lo que quería. Recuerdo la frase ahora que estoy sentada a orillas del Bermejo o Teuco, como le dicen los indios.El río está ancho y caudaloso. Llegó la época de las lluvias y el agua corre hacia el este, arrastrando árboles y camalotes. El Teuco, dicen, cambió su curso doscientos kilómetros al norte en los últimos doscientos años.La corriente dibuja reflejos amarronados que avanzan, se arremolinan, y siguen después cauce abajo. Cada tanto, un pez reverbera en la superficie. Pienso que yo también, igual que el río, voy cambiando mi cauce.
Entre las voces de los animales del monte me llega el gemido de un animal. Me levanto y voy hacia donde viene el ruido: cuatro pasos me separan de un perro que quedó atrapado en el barro de la orilla. Cuanto más se mueve, más se hunde. A veces los animales se acercan al río desesperados por la sed, sin saber que la orilla es una ciénaga mortal. La gente del monte los ve luchar para liberarse pero los deja morir: la vida de un perro sin nombre no vale nada.
Quiero sacarlo y no sé cómo, cuando me acerco hundo una pierna hasta la rodilla en el barro: los cuatro pasos que me separan del perro parecen infranqueables. Busco una rama, algo que me ayude. Me acuerdo de que en la caja de la camioneta hay un montón de cosas y encuentro una soga.
El perro no se mueve y ya no llora. Es un animal grande, negro, tiene las pupilas dilatadas y la mirada más triste del mundo. El barro le llega al cuello, es un chaleco de fuerza que no lo deja respirar. Puedo oler su miedo y no podría dejarlo solo: esa la muerte más desolada que imagino.
Preparo un lazo y trato de engancharle la cabeza; será difícil levantar su peso así, tengo miedo de lastimarlo pero no se me ocurre nada mejor. Me acuesto en el suelo pegajoso tratando de no hundirme, me arrastro hasta llegar lo más cerca que puedo, intento agarrarlo varias veces pero está asustado y esquiva el lazo. Necesito conseguir algo firme para que apoye las patas; levanto algunas ramas del suelo, corto otras con el machete y armo una alfombra alrededor del perro.
La mirada del perro me atraviesa. Yo le hablo para que no tenga miedo, le cuento cosas que nunca le digo a nadie. Finalmente y después de mucho esfuerzo logro sacarlo y él se echa un poco más allá, agotado y temblando. Mueve la cola en sacudidas rápidas y cortas, se aplasta contra el suelo, está atento a cada uno de mis movimientos. También siente miedo de mí.
El perro se aleja, llega hasta otro lugar de la playa, más alto y seco; toma agua, se moja para despegarse las costras de barro, refriega el lomo en el pasto, corre de un lado para otro. Después se queda quieto, mirándome. Lo llamo y viene, sube a la camioneta sin problemas. Se queda sentado en el asiento del acompañante y mira por la ventanilla. Parece contento y sin embargo, todavía tiembla.
Quiero sacarlo y no sé cómo, cuando me acerco hundo una pierna hasta la rodilla en el barro: los cuatro pasos que me separan del perro parecen infranqueables. Busco una rama, algo que me ayude. Me acuerdo de que en la caja de la camioneta hay un montón de cosas y encuentro una soga.
El perro no se mueve y ya no llora. Es un animal grande, negro, tiene las pupilas dilatadas y la mirada más triste del mundo. El barro le llega al cuello, es un chaleco de fuerza que no lo deja respirar. Puedo oler su miedo y no podría dejarlo solo: esa la muerte más desolada que imagino.
Preparo un lazo y trato de engancharle la cabeza; será difícil levantar su peso así, tengo miedo de lastimarlo pero no se me ocurre nada mejor. Me acuesto en el suelo pegajoso tratando de no hundirme, me arrastro hasta llegar lo más cerca que puedo, intento agarrarlo varias veces pero está asustado y esquiva el lazo. Necesito conseguir algo firme para que apoye las patas; levanto algunas ramas del suelo, corto otras con el machete y armo una alfombra alrededor del perro.
La mirada del perro me atraviesa. Yo le hablo para que no tenga miedo, le cuento cosas que nunca le digo a nadie. Finalmente y después de mucho esfuerzo logro sacarlo y él se echa un poco más allá, agotado y temblando. Mueve la cola en sacudidas rápidas y cortas, se aplasta contra el suelo, está atento a cada uno de mis movimientos. También siente miedo de mí.
El perro se aleja, llega hasta otro lugar de la playa, más alto y seco; toma agua, se moja para despegarse las costras de barro, refriega el lomo en el pasto, corre de un lado para otro. Después se queda quieto, mirándome. Lo llamo y viene, sube a la camioneta sin problemas. Se queda sentado en el asiento del acompañante y mira por la ventanilla. Parece contento y sin embargo, todavía tiembla.
Te he traicionado, pero no he querido engañarte. No sé bien dónde duele la traición, pero la frase del libro es una disculpa y yo creo que sólo puede disculparse una traición si el propósito no era el engaño. A veces, uno traiciona sin querer. Lo de Ignacio fue distinto y cuando lo supe enloquecí de rabia: no podía creer que hubiese construido una mentira tan meticulosa, tan enredada, tan extensa. Sentí ganas de matarlo y todo el cuerpo me decía que no era una metáfora. La violencia me explotó de una forma tan abrumadora que lo único que me paró fue pensar que no quería terminar presa.Después, cuando dije todas las cosas hirientes que se me ocurrieron y pasó la furia, a los dos se nos terminaron las palabras y empezó esta larga temporada de silencio que todavía dura.
Vuelvo manejando despacio. Anochece y empieza esa hora en la que no sabemos si va a amanecer o a anochecer y los colores se vuelven extraños. El perro duerme a mi lado, cada tanto se agita, gruñe, llora. No sé qué cosas sueña un perro pero este debe tener pesadillas. Canto bajito para tranquilizarlo; abre los ojos, me mira, mueve la cola y se duerme otra vez.
Al costado del camino, un poco más adelante, una mujer me hace señas. Cuando me acerco veo a María, una india joven; hace poco pasé la noche en su rancho. Le pregunto si quiere que la lleve hasta el pueblo y asiente. Paso al perro para atrás y abro la puerta. María lleva en los brazos a su bebé de pocos meses, dormido y arropado. Dice que necesita ir al hospital porque su hijo está enfermo. Qué tiene, le digo. No me contesta. Después de un rato me cuenta que ayer temprano le pidió a un vecino que se acercara al pueblo para avisar en el hospital. La ambulancia recién fue a buscarla esta mañana, pero la dejó en el camino; el chofer le explicó que tenían que atender a un enfermo más grave.María deja de hablar. Mira el camino y cada tanto acomoda al hijo entre sus brazos. El ruido del motor, rítmico y monótono, llena la cabina.
A lo lejos veo las primeras luces del pueblo. Dejo la camioneta frente al hospital y entro en la guardia que a esta hora, cuando afloja el calor, se abarrota de indios y criollos. Hablo con uno de los médicos, María pasa a un consultorio y me saluda con un gesto leve.
Vuelvo caminando hasta mi pieza; el perro viene conmigo. Necesita un nombre y un plato de comida.
Una semana después, en la despensa, alguien dijo que el hijo de María llevaba dos días muerto cuando llegó al hospital. Yo encendí un cigarrillo.
Afuera empezaba a llover.
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Pozo del Toba

Son las cinco de la mañana. Por suerte llueve y el calor aflojó.
Salgo de mi pieza y camino resbalando las siete cuadras que me separan de la pensión donde duermen mis compañeros de trabajo. Las calles de tierra, inundadas, se vacían de gente y se llenan de perros famélicos que corren en jauría y ladran hasta la exasperación.
Después de unos mates decidimos que a pesar de la tormenta iremos a Pozo del Toba, un paraje en el que viven unas doscientas familias wichís.El camino a pie hasta Pozo del Toba es largo aunque no sé cuánto porque los indios cuentan la distancia en leguas o indican la duración del trayecto por las horas de caminata que tardan en llegar. Le pregunto a Miguel y él nos mira y nos está midiendo: el monte es hostil y en este tiempo algunos bajamos bastante de peso, otros tienen la piel quemada y con llagas, y todos tenemos los pies estropeados. Dice que con lluvia el camino tomará dos horas, y me pregunto dos horas a qué ritmo, porque él camina rápido y nosotros, en cambio, además de estar maltrechos y cansados, cargamos mochilas con remedios, pilas de planillas que debemos completar, botellas de agua y bolsos. También llevamos un botiquín de primeros auxilios con cosas que no servirán de nada en caso de emergencia. Nadie lo dice pero el miedo al encuentro con una víbora tensa cada paso que damos en los pastizales mojados, porque el suero antiofídico que podría salvarnos está en Castelli, a cinco horas de viaje si el camino es transitable.
Miguel habla poco y esta mañana, mientras caminamos, me cuenta que cuando era chico su madre se lo encargó a un cura para que le enseñara las cosas que saben los blancos. El cura se lo llevó a la ciudad y Miguel volvió al pueblo muchos años después. Le pregunto si extrañó a su gente mientras estaba afuera. Sin mirarme dice que no.
Miguel traduce cuando no entendemos, que es casi siempre, porque aunque los hombres suelen hablar castellano, las mujeres, que son las que vienen para ser asistidas, no lo hacen o lo hablan con muchísima dificultad. Los hombres lo aprenden para hacer negocios con los criollos; van a la escuela hasta primer o segundo grado para sumar, restar y firmar, y después abandonan. Le pregunto a Miguel por qué no siguen estudiando; me arrepiento un segundo después, en cuanto percibo su enojo. Contesta que para qué, si igual en el pueblo no serán más que peones, y además viajar a cualquier parte les implicaría una fortuna que no tienen: llegar a Resistencia cuesta cien pesos, y una vez hay que pagar alojamiento y comida.
-Es imposible salir de acá- dice.
El silencio se vuelve pesado. Sigo caminando por la picada que cada vez se vuelve más angosta. La tierra es una pasta de color rojo amarronado y cada tanto cruzan el sendero unas lagartijas azules y brillantes. Me concentro en los ruidos del monte, imagino que podríamos cruzarnos con el yaguareté –los indios le dicen ajoh, que significa tigre- que hace días ronda una de las aguadas, cerca de aquí.Miguel camina adelante, solo y concentrado; nosotros lo seguimos dóciles, en fila.
Llegamos después de tres horas. Pozo del Toba es un paraje que a simple vista parece deshabitado, pero si uno mira mejor, distingue de a poco los ranchos en la espesura, muy distantes unos de otros. Hay también un puesto sanitario clase B según la clasificación de Salud Pública, pero clase Z según cualquier apreciación humana: no hay luz ni agua, solamente dos piezas decrépitas levantadas hace veinte años; una sola en realidad porque a la otra no se puede entrar, bajo riesgo de terminar aplastado por el techo que apenas mantiene en su lugar una horqueta improvisada.
Cerca del puesto hay una fila larga de indios esperando ser atendidos. Nos miran en silencio, parados debajo la sombra del único árbol cercano. Son muchos porque todavía somos una novedad, y también porque dicen que en el hospital los atienden mal y los dejan esperando hasta que pasan todos los blancos y los criollos que llegan después que ellos.
El sudor me pega la remera contra la espalda. La gente espera en silencio y vamos saludando a todos con un apretón de manos. Uno por uno, apretón o cabeceo, según la edad y el sexo; lo mejor es hacerlo en silencio, o como mucho, murmurar un epa’hoté, que significa cómo estás, y que obtiene casi invariablemente la respuesta is, que significa bien en wichí. No sabíamos nada de esto hace un año, y saludábamos a todo el mundo con dos besos ruidosos, uno en cada mejilla, con el estilo norteño de los criollos. Yo notaba que los indios se quedaban quietos, como si no supieran qué hacer, y lo relacionaba con su forma de ser retraída y tímida.Después supe que aquí un beso es aviso de traición, y que dos besos significan que uno se despide para no volver nunca.
La ventana del puesto sanitario, sin vidrios ni postigos, se llena de curiosos que quieren saber cómo es visitar a una médica blanca que atiende sin guardapolvo y sin hospital. Me incomoda la falta de intimidad, aunque a ellos no parece importarles, así que empiezo: algunos piden comida, otros ser incluidos en los planes sociales, otros sólo se sientan y me miran.
Las consultas me resultan increíblemente frustrantes. La medicina tradicional que los wichís conocen no se parece en nada a lo que me enseñaron en la facultad. No me dicen qué sienten ni qué les pasa, un poco por el idioma y otro poco porque creen que, como sus hechiceros, tengo la habilidad de saber qué los enferma con sólo mirarlos. A veces, se sientan frente a mí y se quedan callados durante minutos que se me hacen eternos, sin responder nada de lo que pregunto. De golpe dicen: remedios; y yo no tengo idea de qué debería darles, pero se enojan y dicen que la consulta no sirve y que el médico es malo si no se llevan aunque sea una pastilla de algo. Muchas veces indico un antifebril aunque sepa que no hace falta, y ellos me dan la mano y se van satisfechos.
Los wichís son cazadores recolectores que ya no cazan, pero mantienen intacta su habilidad de recolectores: cambian artesanías por comida, piden zapatillas, dinero, remedios, papeles. Una vez Alfredo me pidió un par de botas tejanas y una Biblia en wichí que me fue imposible conseguir.
Con la idea de facilitarme un poco las cosas, Miguel me enseña todas las tardes algunas palabras con un libro que es como el Upa en wichí y que escribió él mismo, pero así y todo pero no llego ni al léxico de un chico de dos años. El idioma de los indios es hermoso, dulce y musical, lleno de jotas aspiradas que pronuncio mal, y ellos se ríen: de mi acento, de mi ropa, de mi corte de pelo, de mi costumbre de fumar.
Después de cuatro horas no queda nadie por atender, así que aprovecho la pausa para completar las planillas con datos y diagnósticos de los pacientes que vi. Está empezando a llover otra vez y supongo que en un rato nos iremos.Alguien tose en el umbral: una adolescente seria, los ojos negros, el pelo largísimo y trenzado. Es muy delgada y parece frágil. Dice que se llama Laura y que viene a verme por un dolor de muelas. Mientras reviso su boca noto que, debajo del pantalón, una de sus rodillas parece muy hinchada. Le pregunto qué tiene y ella se sonroja y se queda callada.Yo insisto. Me dice sin mirarme:
-Es así nomás, dotorita, no es nada. Hace cinco años se me puso mala y no se cura, pero no importa.
Quiero ver la rodilla, me dice que no con la cabeza. Le explico que para poder ayudarla necesito mirar un poco, que no voy a hacer nada que le duela. Ella mira la ventana, otra vez llena de ojos. Me levanto y le pido a la gente que por favor se aleje, que es importante que cada uno pueda tener privacidad mientras es atendido. Se van pero dan la vuelta al puesto y vienen a mirar por la puerta abierta. La cierro y entonces espían por los huecos de la madera podrida. Me rindo, no hay manera.
Laura levanta despacio el pantalón gastado hasta dejar al descubierto la rodilla: la úlcera es una boca enorme que llega al hueso. Al calor de la tarde, enseguida llegan las moscas. No hace falta preguntar si duele.Me dice que hace mucho, como tres años, fue al hospital del pueblo. Le dijeron que no sabían qué era lo que andaba mal con su rodilla y entonces ella ya no volvió, porque entendió que la medicina blanca no iba a curarla. La leishmania hace eso, y otras cosas. Ella está acostumbrada, aunque nunca usa vestido, dice, por la vergüenza.
Me siento mal por ella y por todos los que viven en este lugar desolado. Laura cree que la vida es este retazo miserable que le tocó. La cito para la mañana siguiente en el hospital; aquí no tengo los medicamentos que necesito. Me doy cuenta de que ella desconfía. Le digo que voy a atenderla yo misma, que vamos a curar su rodilla. Sonríe por primera vez, me da un beso, se va.
Ni siquiera sé si en el hospital conseguiré lo que hace falta.
Ni siquiera sé si en el hospital conseguiré lo que hace falta.
Cuando volvemos al pueblo es de noche. Estoy empapada y me duelen los hombros por el peso de la mochila; lo único que quiero es darme una ducha caliente, leer un rato, dormir. Abro la puerta de mi pieza, trato de encender la luz: nada. El dueño del hotel me avisa que hubo un cortocircuito y que hasta la mañana no podrá revisar la instalación eléctrica.Dejo la puerta abierta, me siento en un banquito de madera con tientos de cuero, estiro las piernas y enciendo un cigarrillo. No tengo nada para hacer. Miro la lluvia que no para: una cortina de agua liviana, insistente, que refleja la luz de los faroles de la calle y ondula con las rachas del viento del sur.
Un perro pasa al trotecito, apurado. Escucho el chasquido de sus patas en el barro. Lo miro hasta que dobla la esquina y desaparece.
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Camino al monte

Es tarde y la terminal de Retiro está casi desierta. Una voz metálica anuncia la salida del micro que me llevará al monte otra vez. Mientras camino hacia la dársena veo a un hombre acostado en el piso, bloqueando una puerta de salida. Está rodeado de bolsos y tapado con una campera gastada. La luz fría de la estación lo ilumina y él duerme, ajeno a todo. Otro hombre llega hasta esa puerta, levanta un pie y después el otro, pasa por encima del hombre solo que no se mueve, abre la puerta y sale.
Llego a la fila y me alegra ver que viaja poca gente. Subo, me acomodo en mi asiento, me pongo los auriculares y la música borra las voces de los que se despiden. Dedico los primeros minutos del viaje a revisar que no me falte nada imprescindible: las pastillas para dormir, los libros, mi pluma y mi cuaderno, el mate y el aerosol para el asma, además de un buzo extra porque nunca pude dormir si tengo frío.
Suben algunos pasajeros más y un hombre se para en el pasillo, mira el asiento libre a mi lado, controla su boleto. Si se queda acá puede llegar a arruinarme el viaje. El tipo duda un poco, mira los otros asientos vacíos, pero al final se sienta. Dice algo que no escucho bien. No me gusta hablar con desconocidos y menos en un viaje largo. Imagino veinticuatro horas de conversaciones forzadas, tediosas, llenas de lugares comunes: el infierno. El tipo me mira y me habla de nuevo pero su voz me llega apagada por la música. No le contesto; parece algo desconcertado. Miro obstinada mi reflejo en el vidrio de la ventanilla, sin contestarle, hasta que después de un rato se levanta y se lleva sus cosas. Se decide por otro lugar, más delante, y se pone a conversar con una mujer que también viaja sola y que parece contenta de tener compañía.
Llego a la fila y me alegra ver que viaja poca gente. Subo, me acomodo en mi asiento, me pongo los auriculares y la música borra las voces de los que se despiden. Dedico los primeros minutos del viaje a revisar que no me falte nada imprescindible: las pastillas para dormir, los libros, mi pluma y mi cuaderno, el mate y el aerosol para el asma, además de un buzo extra porque nunca pude dormir si tengo frío.
Suben algunos pasajeros más y un hombre se para en el pasillo, mira el asiento libre a mi lado, controla su boleto. Si se queda acá puede llegar a arruinarme el viaje. El tipo duda un poco, mira los otros asientos vacíos, pero al final se sienta. Dice algo que no escucho bien. No me gusta hablar con desconocidos y menos en un viaje largo. Imagino veinticuatro horas de conversaciones forzadas, tediosas, llenas de lugares comunes: el infierno. El tipo me mira y me habla de nuevo pero su voz me llega apagada por la música. No le contesto; parece algo desconcertado. Miro obstinada mi reflejo en el vidrio de la ventanilla, sin contestarle, hasta que después de un rato se levanta y se lleva sus cosas. Se decide por otro lugar, más delante, y se pone a conversar con una mujer que también viaja sola y que parece contenta de tener compañía.
Por fin las luces se apagan y este es el momento que más me gusta: empieza el verdadero viaje, el viaje silencioso que sucede en mí a medida que pasan los kilómetros.
Busco a Antares a través del vidrio que empieza a empañarse. La superestrella roja está a seiscientos años luz de la Tierra. Tiembla allá arriba, lejos, y me tranquiliza encontrarla: pienso que el cielo es lo único que no cambia, o al menos no vivimos lo suficiente como para notarlo.
Adelante veo la ruta desolada, el asfalto partido; cada tanto, los ojos brillantes de algún animal nocturno en la banquina. Abajo el paisaje es siempre el mismo: campo quemado y kilómetros de nada que cada tanto cortan las luces de un auto.
El teléfono me sobresalta: a esta altura del camino supuse que no habría señal. Atiendo y la voz de Daniel dice cómo estás, me imagino que cansada, otra vez hace frío en el micro, estabas durmiendo.Digo que no, que la noche está hermosa, que estaba pensando, que me habían dado ganas de leer pero que la lucecita del tablero de arriba es demasiado débil y no me deja ver las letras. La voz de Daniel llega entrecortada. Me pregunta si me tocó alguien en el asiento de al lado; me río y le digo que por suerte esta vez no.
A Daniel lo conocí en la calle y ese día nos hicimos amigos. Creo que yo había salido a comprar cigarrillos o algo, y mientras esperábamos en el kiosko, él miró a mi perro y dijo que era amable.
Ahora Daniel dice:
-Che, estoy cocinando y siempre se me pasan los fideos. No les encuentro el punto. ¿Cómo hago?-.
-Tenés que agarrar un fideo y tirarlo contra la pared; la pared tiene que ser de azulejos- explico.
-¿De lejos o de cerca?-pregunta.
-¿De lejos o de cerca qué?-.
-Que desde dónde tengo que revolear los fideos-.
-Un solo fideo. Calculale medio metro, qué sé yo, por ahí-.Se hace un silencio en el teléfono. Me imagino a Daniel en su cocina, frente al vapor caliente de la olla, rodeado de perros.
-¿Y?-pregunto. -¿Ya está?-
-¿Vos viste El Hombre Araña III?- dice Daniel y me imagino el fideo deslizándose despacio hacia abajo por la pared.
-Listo, están al dente- digo, y me quedo sin señal.
De golpe tengo ganas de llorar y subo el volumen de la música. Liliana Herrero canta cartas de amor que se queman, huellas negras en el viento.
Vi este paisaje muchas veces en los últimos dos años. El campo me parece infinito. Hace frío pero no digo nada porque ya sé que el termostato del aire acondicionado no funciona. Tampoco funciona la máquina de café. Me levanto y voy a la cabina, pido permiso para fumar. Viajo seguido con esta empresa y en el mismo horario, y los choferes son siempre los mismos. Al principio hablaban mucho, querían saber qué iba a hacer al Impenetrable, a qué me dedicaba, cuánto tiempo pasaría allí. Yo respondía con frases cortas y un poco secas, aunque trataba de ser amable. Ahora ya no hacen preguntas y tomamos mate en silencio.
Me gusta mirar el camino a través del parabrisas enorme.Un perro cruza la ruta, agazapado, y veo a contraluz su contorno flaco. La memoria llega en ráfagas y estalla: un perro parado en medio de una autopista, de noche, bajo las luces amarillas. Un perro que alguien ahorcó en un poste de luz. Un perro destrozado que los autos no esquivan. Un perro famélico que no pude levantarse. Un perro abandonado que mueve la cola si alguien se acerca, buscando algo de afecto.
Termino el cigarrillo y me despido hasta dentro de un rato. Que descanse, doctora, dice el chofer con tonada chaqueña. Ojalá, pienso, y digo buenas noches y hasta luego.Vuelvo a mi asiento y me pongo el buzo. El ruido monótono del motor me acuna, tapa las voces del hombre y la mujer que conversan allá adelante, y el bramido de los camiones que pasan a toda velocidad. Tomo un clonazepán y me acomodo para dormir usando mi asiento y el de al lado.
Cierro los ojos. Siento nostalgia pero es una sensación rara, difusa. Me acuerdo de Ignacio y de una mañana en el jardín de casa, cuando todo era distinto, cuando yo no sabía.
Una frenada del micro me despierta. Cada vez tengo más frío. Vuelvo a mirar el cielo. Pienso en enanas blancas y marrones, en estrellas azules rezagadas. Pienso que en Júpiter llueve hierro fundido.
María

A la mañana siguiente vuelvo a la orilla marrón y desolada del río. Camino entre los juncos y cada tanto encuentro una víbora calentándose al sol.
Aquí todo es del mismo color y todo es pobre: los ranchos, los pocos árboles, el suelo barroso y ralo. Los wichís llegaron hace casi dos siglos y se quedaron. Supongo que entonces esto era distinto.
Enfrente, lejos, la costa es verde y brillante y me imagino que todo lo que no hay acá está allá, pero no se puede llegar porque nadie tiene botes y el río es demasiado peligroso -traicionero, dicen los indios- como para cruzarlo a nado.
María vive cerca. Camino hasta su rancho y dos perros flacos se me acercan ladrando. Golpeo las manos, ella sale.
María tiene la belleza salvaje y morena de las mujeres wichís, el pelo muy largo y la mirada honda.
Cuando sale el sol María camina los cinco kilómetros hasta el río, y vuelve con dos baldes llenos. Veo el agua estancada, el musgo en la superficie.
-¿Cocinás el agua antes de tomarla?- le pregunto. Iba a decir hervís pero sé que no sabe qué significa esa palabra.
-Así nomás se toma- dice.
-Pero el agua puede enfermar, hay que sacarle los bichos- digo.
-Es fea cocinada -dice.
-Podés ponerle algo para que se limpie-digo.
-Un día vinieron los del gobierno y trajeron lavandina. Dijeron que eso había que ponerle, pero Don Atilio se murió por tomar. Es mala, la lavandina -me explica.
Alguien me había contado esa historia; después de un caso de cólera, todos los funcionarios de la provincia llegaron al Impenetrable y les explicaron a los indios que había que potabilizar el agua con dos gotas de lavandina por litro. Ellos no saben qué es potabilizar ni qué es un litro. Una mujer vació la botella de lavandina en la vasija del agua, y su marido murió tres días después, en el hospital de Castelli.
María sale a buscar leña. Trae también algarroba de la troja y la muele hasta volverla harina. Las tortas, que después cocina en una reja montada sobre unos ladrillos, son la comida básica de la familia.
Cuando vuelve, me invita a buscar comida al monte: pasacana, mistol, papas del aire y algunas flores. Los indios mantienen la costumbre de recolectar aunque su territorio está cercado y es pequeño en relación a lo que era cuando ellos eran nómades. A veces trae chaguar para tejer carteras. El chaguar tiene espinas y le lastima las manos. El proceso para lograr una cartera o yica es largo y lleva mucho trabajo: machaca la planta sobre una piedra, la pone la fibra al sol para secarla, prepara con cortezas y semillas hervidas las tinturas con las que dibujará el tejido, y después arma el diseño a mano, sin aguja ni telar. Prepara cuentas de barro para hacer collares; si tiene suerte, podrá vender las yicas a quince pesos y los collares a tres, aunque a veces los criollos le cambian una yica por un par de saquitos de mate cocido. Otras veces entrega su trabajo a cambio de velas.
María me pregunta si quiero acompañarla a jugar con sus hijos. Le digo que sí y salimos. Caminamos un rato en silencio y ella dice algo en wichí; los chicos forman una fila, silenciosos. Van adelante y yo los sigo. Le pregunto los nombres de las plantas que usan para curar. Veo que los chicos se dan vuelta, me miran y se ríen.
-Gringa, parece que perdiste- me dice.
-¿Cómo que perdí? ¿Estábamos jugando?-.
-Es el juego del silencio pero ya hiciste todo el ruido- sonríe y me hace un gesto para que me calle.
Me cuenta que el juego es algo que todos los varones wichís aprenden de sus padres. Como no tiene marido, María se los enseña a sus hijos. El juego consiste en caminar durante horas por el monte sin pronunciar palabra. Deben trepar a los árboles y permanecer allí quietos y mudos, acechando, todo el tiempo que resistan. El que habla o hace algún ruido al pisar las ramas o al atravesar los charcos, es castigado y debe volver solo a su rancho, que a veces queda a muchos kilómetros. El juego puede durar varios días con sus noches, y prepara a los futuros cazadores para ser precisos en el arte de matar.
Hace dos horas que caminamos por el monte y estoy cansada, pero no digo nada. Además, a las siete va a venir la camioneta para llevarme de vuelta al pueblo. Por suerte María da por finalizado el juego porque tiene que volver al río. Llegamos al rancho, ella espanta los perros que merodean buscando restos de comida, y pone cazuelas con agua sobre el techo.
-¿Para qué hacés eso?-pregunto.
-Por las avispas. El agua queda lejos y si no les damos, toman la transpiración del cuerpo y pican- dice María.
Anochece pero hay suficiente luz y salimos por la picada con los baldes, que son dos tarros de pintura con manijas de soga.
-¿Cuántos hijos tuviste?-le pregunto.
-Cinco-.
Yo sólo veo tres, uno es un bebé que lleva en la espalda, envuelto en una tela.
-¿Y los otros?-.
-Terminaron -dice bajito, sin mirarme.
Terminar, dicen los indios en vez de morir.
-¿Qué les pasó?-.
-El hambre, la vinchuca. Andan por acá todavía, alrededor de la casa, porque estaban muy chiquitos y de noche les da miedo-.
María no guarda fotos. En algún lugar del monte, sin lápidas ni cruces, duermen sus hijos.
Son más de las ocho y la camioneta no vino a buscarme. Trato de llamar por teléfono pero el celular no tiene señal. No tengo cómo volver al pueblo a menos que quiera caminar los treinta kilómetros de noche y sin luz. María me invita a quedarme y acepto, me muestra un catre en un rincón. El rancho está repleto de vinchucas.
Me quedo un rato afuera mirando el cielo negrísimo. María acuesta a sus hijos y sale. Aviva el fuego, pone algunas ramas. Hace frío; la noche es inmensa y se escuchan las voces de todos los animales del monte. Uno de los perros se acerca y se echa con los ojos fijos en las ramas de palo santo que crepitan. Nos envuelve un humo espeso y perfumado.
-Te traigo una manta- dice María y sé que sabe que no quiero dormir en el rancho.
Se sienta a mi lado, abre los brazos y el fuego la ilumina. Empieza a cantar en el idioma extraño y dulce de sus padres.
-Les canto a ellos para que descansen-, dice y señala el cielo, el monte, y arma un abrazo que lo abarca todo.
Yo pienso en mi casa, en mi hermano, en Ignacio.
-Estás triste- dice María.
-Un poco-.
-De noche se extraña más. Mirá, ahí arriba- dice, y me enseña los nombres de las estrellas en wichí.
Escucho bramar al Teuco. Me acuerdo de este costado pobre y opaco, y del verde furioso brillando lejos, al otro lado del agua, inalcanzable.
Pienso en las dos orillas del río, tan distintas, que nunca se juntan.
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El interior

Vuelvo al monte, a este lugar amplio y difuso que forma parte de lo que los porteños llamamos el Interior. El interior de qué, pienso. Tal vez el interior sea el lugar en el que somos verdaderos, o el reverso de algo que nunca se ve en la primera mirada.
Hay una mística común que dibuja a los pueblos como lugares plácidos y amables donde la violencia es una anécdota importada. En el corazón del Chaco aprendí que la intimidad de un pueblo chico también puede ser una forma brutal de estar en el mundo. La gente aquí es igual a la de todas partes: golpea hijos y mujeres, roba cuando puede, traiciona, viola y mata.
Hay una mística común que dibuja a los pueblos como lugares plácidos y amables donde la violencia es una anécdota importada. En el corazón del Chaco aprendí que la intimidad de un pueblo chico también puede ser una forma brutal de estar en el mundo. La gente aquí es igual a la de todas partes: golpea hijos y mujeres, roba cuando puede, traiciona, viola y mata.
Cada mañana nos levantamos cuando sale el sol y preparamos lo que hace falta para nuestro trabajo, que consiste en hacer lo que podemos -que es bien poco- para prevenir enfermedades y asistir a los enfermos. El proyecto del Estado que nos convoca no tuvo en cuenta que mejorar la salud de los wichís es bastante más complejo que traerles remedios, porque los indios, además de hablar en su idioma y de dormir en ranchos repletos de vinchucas, son analfabetos, desocupados, toman el agua estancada de los charcos y casi no comen.
La rutina es siempre la misma. Nos trasladamos como podemos, a veces en alguna camioneta prestada pero la mayoría de las veces caminando, hasta los distintos parajes que rodean Pompeya; el más cercano queda a dos kilómetros y el más alejado, a treinta.
Los únicos días que no vamos a las comunidades son los domingos, porque todos van a la iglesia, y los días de lluvia, porque todo se vuelve un pantano de arcilla y barro.
Esta tarde atendimos en la escuela del paraje Cacique Supaz. Los dos maestros que dan clase en esta tapera de aulas sin bancos y pisos de tierra hablan en castellano aunque casi ningún indio lo entiende. Según la ley debería haber al menos un maestro aborigen por escuela pero eso no se cumple. Los maestros preparan el desayuno y el almuerzo: un pedazo de pan con mate cocido y un guiso aguado.
Un adolescente wichí patea en las costillas a un perro puro hueso que grita y se aleja como puede, rengo por algún otro golpe. El chico mira a sus compañeros y todos ríen.
Cuando vuelvo al hotel Octavio me pregunta cómo me fue. Octavio es gringo y vive en el Impenetrable hace cuarenta años. Le hablo de la escuela, le cuento lo que pasó con el perro. Me mira y dice: ni quiera saber doñita las cosas que la gente les hace aquí a los animales. Pregunto por qué aunque no sé si quiero enterarme de la respuesta. Él contesta: por el puro placer, nomás.
Después me cuenta que uno de los juegos de los chicos del monte consiste en mutilar a los animales pequeños, cortándoles las patas a cuchillo, y mirar después cómo se arrastran y gritan mientras se desangran, tratando inútilmente de escapar. El juego termina cuando el animal, después de una larga agonía, finalmente muere rodeado de niños feroces y felices.Me quedo en silencio y dejo que la conversación se apague. La crueldad de lo que imagino me resulta insoportable.
Más tarde, en la reunión de trabajo con mi equipo, acepto un mate pero no participo en la charla. Siento la rabia como un puño en el estómago. Finalmente entiendo que el esfuerzo de dos años de trabajo no sirvió para nada: los indios viven igual que cuando llegamos, hundidos hasta el cuello en la miseria que el Estado no alcanza a paliar y fieles por sobre todo a la marca de la indolencia que los acompaña.
Aviso que me voy a caminar un rato. Sinoj me sigue, como siempre.
Una tristeza demoledora me pesa en el cuerpo. Paso de largo el hotel y sigo hasta la sombra difusa donde empieza el monte. Me quedo quieta, mirando la oscuridad, la luna delgada y transparente. Acaricio al perro que se me pega a las piernas. El monte está ahí, cercando el pueblo. Kilómetros de tierra desmontada, pasto seco, el agua siempre lejos.
Quisiera ver el mar, respirar la fuerza de las sudestadas.
Después escucho un quejido largo que llega desde alguna parte. Me acuerdo de lo que hace un rato me contó Octavio y trato de pensar en otra cosa.
Una vez, al poco tiempo de llegar, alguien me dijo que esta región del monte no se llama Impenetrable porque no se pueda atravesar, sino por la impiadosa dureza que los wichís le transmiten.
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Antonia

La vida en el hotel es monótona y los domingos no tengo muchas opciones. En la siesta, sentada bajo la sombra de los pocos árboles, extraño mi casa, la luz de la tarde en el jardín, mis perros. Entro en mi pieza, cierro la puerta, el ventilador está al máximo pero no alcanza a refrescar el aire. Me preparo unos mates.
-¿Ves que se me hinchó? Te dije que se me iba a hinchar- grita la voz destemplada de Antonia, la dueña del hotel, a través de la puerta.
No contesto para que crea que duermo pero me olvidé de cerrar la ventana y de golpe la veo ahí, golpeando con insistencia, la nariz pegada al vidrio. Abro la puerta, ella me muestra el pulgar de su mano derecha. Tiene las uñas larguísimas y pintadas de fucsia. Hago un par de maniobras con su dedo. Movilidad y sensibilidad conservada, no hay signos de edema ni flogosis, no hay cambios en la piel.
-No me parece hinchado- le digo con la esperanza de sacármela de encima.
Antonia me mira con desconfianza, entrecerrando los ojos.
-A mí me parece que me tenés que indicar una radiografía-.
-No es necesario, no tenés nada roto-.
-Pero una radiografía me va a decir por qué se me hincha-
-No, eso no sale en una placa- le digo. -Ponete hielo y tomate esto-y le doy una tableta de analgésicos para que se vaya, para no escucharla más, para no verla. Se le ilumina la cara: los remedios le encantan.
-Igual me voy a hacer una radiografía, ya vamos a ver si no tengo nada- y suelta una risa de lo más desagradable.
Antonia tiene cincuenta y pico. No pierde la oportunidad de repetirme su alcurnia de gringa, y declama su árbol genealógico español como si perteneciera a la nobleza más rancia. Sus días se reparten parecidos entre el trabajo y la pereza del verano. Se levanta tarde y se sienta en el jardín. Almuerza con su familia mientras sus nietos, unos chicos mal educados y ruidosos, corren por todos lados. Después duerme la siesta, habla con sus amigas y critica a los vecinos. A veces juega con sus caniches enanos y me cuenta mil veces que pagó trescientos dólares por cada uno. Por la tarde los baña, los peina y les pone collarcitos de colores con piedras que brillan. Los miro rebotar en el pasto; son tan chiquitos y parecen tan frágiles que no sé cómo logran sobrevivir en este clima. Mi perro no le gusta porque no es de raza y porque le muestra los dientes si ella se me acerca, pero lo tolera y deja que duerma conmigo porque desde hace un año le pago bien mi estadía.
Hace poco compró otro caniche que se enfermó a la semana de llegar; me pidió que lo viera porque sabe que me gustan los animales y en el pueblo no hay veterinarios. El pobre perro estaba muy mal, vomitaba sangre y tenía diarrea. Me dijo que a ella le daba impresión verlo así y me lo dejó en la pieza. Traté de hidratarlo con inyecciones hipodérmicas, le di antibióticos, lo abrigué porque estaba helado, pero un rato después se moría en mi habitación. En el suelo, el montoncito de pelo marrón parecía un trapo. Cuando le dije a Antonia que estaba muerto, me contestó que lo pusiera en la basura. Envolví el perro en una remera, me llevé la pala del galpón, busqué un lugar alejado a la sombra de un algarrobo y lo enterré ahí.
Aprovecho un momento de silencio, tengo la esperanza de que haya salido. Abro la puerta despacio y me asomo: la veo sentada, leyendo revistas viejas. Le gusta maquillarse mucho y ahora la sombra azul de los párpados le chorrea por la cara y se le acumula en las arrugas.
Me ve, tira las revistas, me habla otra vez.
-Lu, mirá que ando gorda, no?-. Odio que me llamen por diminutivos. -Haceme una dieta, que con la diabetes y la presión alta tengo que tener cuidado-.
-De eso sabe mucho la nutricionista-, digo mientras sigo de largo y salgo ala calle. Me imagino la cara de Paola cuando vaya a golpearle la puerta; disfruto por anticipado el hecho de saber que torturará a alguien más y así repartirá mejor su tiempo.
Esa noche vuelvo al hotel con el sigilo de un ladrón. Si tengo suerte y no escucha, podré llegar a mi pieza sin que me intercepte. Pero no, no tengo suerte.
-Lucía, me hice la radiografía y el médico dice que no tengo nada, pero igual quiero que la veas vos. La tengo en mi pieza- dice Antonia y sé que me esperaba.
La acompaño. En la cabecera de la cama hay un cristo enorme. Mide como un metro y está rodeado por estampitas de todos los santos que existen.
Miro la radiografía, le digo que no tiene nada y camino hacia mi pieza. Ella me sigue.
-Pero a mí se me hincha-.
-La salud perfecta no existe y además todos nos vamos a morir alguna vez -digo y sé que eso la irrita.
-Quiero alguno de los remedios que tenés en la caja-.
-No puedo, son los del Plan que me manda el Estado, y son para los indios. Te hago la receta.
-Ah, claro, para los indios, todo para los indios ustedes. Esos brutos mal llevados buenos para nada-, suelta. Y sigue:
-Si fuera por ellos, no hay pueblo ni iglesia ni escuela ni nada. Viven en esos ranchos mugrosos porque les gusta, que si quisieran trabajar, sobra lo que hay para hacer. Son todos unos vagos-. La rabia le deforma la cara.
Pienso en las posibles respuestas y decido que es mejor no contestarle nada.
-Dame los de la presión, entonces -dice y cogotea como una gallina, buscando con ojos codiciosos la caja que guardo debajo de la cama.
-No me quedan, los usamos todos esta mañana- miento.
-Te traigo los recetarios de la obra social y de paso me hacés las recetas que anda necesitando la Olga, el médico le indicó antibióticos hace un mes y no los compró-.
-Si hace un mes se los recetaron, no los tomó y está viva, no le hacen falta- digo y mi furia se huele a kilómetros pero ella no lo nota o no le importa.
-¿Ves que se me hinchó? Te dije que se me iba a hinchar- grita la voz destemplada de Antonia, la dueña del hotel, a través de la puerta.
No contesto para que crea que duermo pero me olvidé de cerrar la ventana y de golpe la veo ahí, golpeando con insistencia, la nariz pegada al vidrio. Abro la puerta, ella me muestra el pulgar de su mano derecha. Tiene las uñas larguísimas y pintadas de fucsia. Hago un par de maniobras con su dedo. Movilidad y sensibilidad conservada, no hay signos de edema ni flogosis, no hay cambios en la piel.
-No me parece hinchado- le digo con la esperanza de sacármela de encima.
Antonia me mira con desconfianza, entrecerrando los ojos.
-A mí me parece que me tenés que indicar una radiografía-.
-No es necesario, no tenés nada roto-.
-Pero una radiografía me va a decir por qué se me hincha-
-No, eso no sale en una placa- le digo. -Ponete hielo y tomate esto-y le doy una tableta de analgésicos para que se vaya, para no escucharla más, para no verla. Se le ilumina la cara: los remedios le encantan.
-Igual me voy a hacer una radiografía, ya vamos a ver si no tengo nada- y suelta una risa de lo más desagradable.
Antonia tiene cincuenta y pico. No pierde la oportunidad de repetirme su alcurnia de gringa, y declama su árbol genealógico español como si perteneciera a la nobleza más rancia. Sus días se reparten parecidos entre el trabajo y la pereza del verano. Se levanta tarde y se sienta en el jardín. Almuerza con su familia mientras sus nietos, unos chicos mal educados y ruidosos, corren por todos lados. Después duerme la siesta, habla con sus amigas y critica a los vecinos. A veces juega con sus caniches enanos y me cuenta mil veces que pagó trescientos dólares por cada uno. Por la tarde los baña, los peina y les pone collarcitos de colores con piedras que brillan. Los miro rebotar en el pasto; son tan chiquitos y parecen tan frágiles que no sé cómo logran sobrevivir en este clima. Mi perro no le gusta porque no es de raza y porque le muestra los dientes si ella se me acerca, pero lo tolera y deja que duerma conmigo porque desde hace un año le pago bien mi estadía.
Hace poco compró otro caniche que se enfermó a la semana de llegar; me pidió que lo viera porque sabe que me gustan los animales y en el pueblo no hay veterinarios. El pobre perro estaba muy mal, vomitaba sangre y tenía diarrea. Me dijo que a ella le daba impresión verlo así y me lo dejó en la pieza. Traté de hidratarlo con inyecciones hipodérmicas, le di antibióticos, lo abrigué porque estaba helado, pero un rato después se moría en mi habitación. En el suelo, el montoncito de pelo marrón parecía un trapo. Cuando le dije a Antonia que estaba muerto, me contestó que lo pusiera en la basura. Envolví el perro en una remera, me llevé la pala del galpón, busqué un lugar alejado a la sombra de un algarrobo y lo enterré ahí.
Aprovecho un momento de silencio, tengo la esperanza de que haya salido. Abro la puerta despacio y me asomo: la veo sentada, leyendo revistas viejas. Le gusta maquillarse mucho y ahora la sombra azul de los párpados le chorrea por la cara y se le acumula en las arrugas.
Me ve, tira las revistas, me habla otra vez.
-Lu, mirá que ando gorda, no?-. Odio que me llamen por diminutivos. -Haceme una dieta, que con la diabetes y la presión alta tengo que tener cuidado-.
-De eso sabe mucho la nutricionista-, digo mientras sigo de largo y salgo ala calle. Me imagino la cara de Paola cuando vaya a golpearle la puerta; disfruto por anticipado el hecho de saber que torturará a alguien más y así repartirá mejor su tiempo.
Esa noche vuelvo al hotel con el sigilo de un ladrón. Si tengo suerte y no escucha, podré llegar a mi pieza sin que me intercepte. Pero no, no tengo suerte.
-Lucía, me hice la radiografía y el médico dice que no tengo nada, pero igual quiero que la veas vos. La tengo en mi pieza- dice Antonia y sé que me esperaba.
La acompaño. En la cabecera de la cama hay un cristo enorme. Mide como un metro y está rodeado por estampitas de todos los santos que existen.
Miro la radiografía, le digo que no tiene nada y camino hacia mi pieza. Ella me sigue.
-Pero a mí se me hincha-.
-La salud perfecta no existe y además todos nos vamos a morir alguna vez -digo y sé que eso la irrita.
-Quiero alguno de los remedios que tenés en la caja-.
-No puedo, son los del Plan que me manda el Estado, y son para los indios. Te hago la receta.
-Ah, claro, para los indios, todo para los indios ustedes. Esos brutos mal llevados buenos para nada-, suelta. Y sigue:
-Si fuera por ellos, no hay pueblo ni iglesia ni escuela ni nada. Viven en esos ranchos mugrosos porque les gusta, que si quisieran trabajar, sobra lo que hay para hacer. Son todos unos vagos-. La rabia le deforma la cara.
Pienso en las posibles respuestas y decido que es mejor no contestarle nada.
-Dame los de la presión, entonces -dice y cogotea como una gallina, buscando con ojos codiciosos la caja que guardo debajo de la cama.
-No me quedan, los usamos todos esta mañana- miento.
-Te traigo los recetarios de la obra social y de paso me hacés las recetas que anda necesitando la Olga, el médico le indicó antibióticos hace un mes y no los compró-.
-Si hace un mes se los recetaron, no los tomó y está viva, no le hacen falta- digo y mi furia se huele a kilómetros pero ella no lo nota o no le importa.
Cierro la puerta y me siento en la cama. Lo último que veo de Antonia es su cara grasosa de crema brillando en la penumbra.
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Insomnio
La noche es un infierno y doy vueltas en la cama, insomne hasta la furia. Adivino en la penumbra el filo de los pocos muebles: mi casa en el monte es esta pieza desolada del hotel al que me acostumbré. La lamparita mortecina atrae miles de bichos, las paredes están descascaradas y el colchón escuálido hace que los huesos me duelan cada mañana. Sin embargo, cuento con dos bendiciones: un ventilador y un enchufe que funciona y me permite calentar agua. Mi pieza, además, se inunda cuando llueve, porque la puerta de chapa deja un resquicio abajo por el que ahora se filtra la luz amarilla del único farol de la cuadra.
Al principio, cuando hacía poco tiempo que había llegado al Impenetrable, dejaba la luz encendida al acostarme porque las vinchucas salen en la oscuridad, pero el resplandor pegándome en los ojos me despertaba y finalmente opté por apagarla y taparme hasta la cabeza. Después de unos meses también dejé de preocuparme por eso. En este lugar uno se acostumbra a todo.
Tengo conmigo algunas cosas para animarme: unas fotos, el cuaderno en el que escribo, mi mate, un par de libros y también un perro que no es mío pero me adoptó. Viene todas las noches reclamando caricias y galletas. Ahora está en la puerta, lo escucho suspirar cada tanto y de alguna manera me tranquiliza que esté ahí.
El aire está quieto y siento el pecho apretado como si me hubieran pegado una trompada. Me cuesta respirar; seguramente es efecto del calor y de la sequía, que puede durar diez meses y ya lleva ocho. En estos días, el único tema de conversación en el pueblo es el informe que meteorología pasa por la radio, aunque el pronóstico no sirve de mucho porque es de Sáenz Peña y eso queda a trescientos kilómetros de aquí.
Prendo el televisor; en uno de los canales se cortó la señal y en el otro un pastor con acento brasileño imparte instrucciones precisas para dejar de sufrir. El control remoto tiene algo flojo y cada tanto deja de funcionar. Insisto y aprieto el botón cada vez con más fuerza como si eso cambiara las cosas; al final me paro en la cama y apago la tele que está colgada de la pared. Toco la pantalla, siento la estática en la mano y me quedo mirando la luz fosforescente.
Me acuesto de nuevo, agarro uno de los libros que traje pero me cuesta concentrarme. No hay caso: no podré dormir y de todas maneras tendré que levantarme a las seis porque nos esperan los indios de Pozo del Toba; les prometimos que iríamos a atenderlos y que llevaríamos remedios, que es lo que más les importa.
Desde el monte me llegan los ruidos de los animales exasperados por el calor. Tengo la boca seca; tanteo al lado de la cama porque sé que quedó un resto de cerveza y me lo tomo igual, aunque esté caliente.
Cada tanto vigilo el resquicio de la puerta. Hace unos meses, mientras dormía, sentí que algo lánguido se deslizaba despacio sobre mis piernas y en el mareo cómodo del entresueño se me ocurrió que tal vez fuera una víbora, pero estaba tan cansada que no pude levantarme para ver qué era. Por la mañana, en un rincón de la habitación, encontré una yarará enorme y enroscada, durmiendo. Era un animal bello. Yo hubiera querido devolverla al monte sin lastimarla pero el dueño de casa no estuvo de acuerdo y la mató a machetazos.
Miro el despertador a cada rato, la noche se hace larga y el encierro de la pieza se me vuelve insoportable. Enciendo la luz, me siento en el borde de la cama, busco las zapatillas y las sacudo para asegurarme de que no haya arañas. Me muevo despacio, como si cargara toneladas de plomo en los hombros. Si estuviera en Buenos Aires esta noche saldría a caminar por Corrientes hasta el bajo y llegaría hasta el río, buscando un poco de viento. Visitaría las librerías, tomaría un café; pequeñas cosas que extraño y que aquí resultan impensables.
La opresión en el pecho mejora un poco con el inhalador para el asma. Me pregunto cómo es posible estar enferma de algo tan absurdo que provoque la falta de lo único que sobra en el mundo: el aire. Mis padres creen que la enfermedad empezó cuando nació mi hermano pero yo sé que fue un poco antes, cuando murió Pablo.
No tengo ganas de fumar pero igual fumo. Tengo pocos cigarrillos porque los arenales del camino se hicieron tan profundos con la sequía que los camiones no pueden pasar, y falta casi todo en las despensas.
Salgo al patio para ver si por fin el llegó el viento del sur y trajo la tormenta que ayer daba vueltas en el cielo. El perro sigue de guardia en mi puerta, se despereza y me sigue. Salimos a caminar hasta los bordes del pueblo dormido y el silencio se vuelve tan hondo que me llegan con claridad todas las voces del monte.
Me gusta esta hora de la madrugada en la que estar solo se vuelve más íntimo.
Esta tarde estuvimos trabajando en uno de los parajes que agrupan a los dos mil quinientos wichís que viven en la zona. Viajamos en la camioneta que nos prestan los curas, el único transporte que conseguimos. Durante el día, la luz blanca endurece el paisaje y cuesta mirar. De pronto, entre los árboles secos, los vi: descalzos, las remeras grandes y desteñidas, las gomeras colgadas del cuello. Eran cuatro chicos morenos, de seis o siete años; llevaban pájaros muertos en las manos. Alcancé a ver la mirada feroz de uno de ellos, como un rayo. Pienso que pronto los devorará la violencia de esta miseria interminable y perderán definitivamente la infancia.
Para mí seguirán siendo esa única foto que guarda la memoria.
El perro se adelanta y cada tanto para, se da vuelta y me mira, como si quisiera llevarme a alguna parte. Confío en su instinto y lo sigo. El pueblo se llama Pompeya. Pienso que el nombre le queda perfecto porque de verdad parece Pompeya después de la erupción del Vesubio. Esta noche el paisaje pobre me parece más triste. El perro se mete por un camino angosto. Está oscuro y pienso en los indios que se acostumbran a caminar por estos lugares, en silencio y con los sentidos alertas casi en el borde de lo sobrenatural. Mis sentidos, en cambio, no están tan afilados y todo me parece peligroso. La oscuridad es como una pared y escucho murmullos inquietantes, aleteos, chillidos, cosas deslizándose en la espesura.
El perro se impacienta, da vueltas, se me acerca corriendo y vuelve a irse. Rumbea para el lado del cementerio y me acuerdo de que un poco más allá hay una laguna. Me dejo guiar por el ruido sordo que hacen sus patas al correr por el camino de tierra. La idea de llegar al agua me entusiasma, pero de pronto el perro se detiene y sospecho que pasa algo. Camino un poco más y veo que la laguna está tan seca como el río. Prendo otro cigarrillo y puteo bajito. Ahora tengo que volver y el perro se va, corre hacia el pueblo, dejo de escucharlo.Paso frente a unos ranchos destartalados. La primera vez que atendí en este lugar la gente contaba que Don Alejandrino Hoyos no murió consumido por el cólera, sino por una pelea entre diablos. No importa que haya muerto seco como la tierra, ni que la enfermedad lo haya devastado, ni que los médicos hayan encontrado al vibrión en cada jugo de su cuerpo: la culpa, se sabe, fue de los diablos, dice el pastor evangelista, y la palabra de dios no admite discusiones. Aquí todos son evangelistas y los domingos cantan y bailan en las iglesias hasta la extenuación. Una mañana fui a ver un servicio; los indios cantaban en su idioma, frenéticos, y me pareció entender que decían que sólo entraría al reino del Señor quien hablara wichí.
Un remolino hace dibujos en la tierra y levanta hojas secas. No se ve un alma en las calles; escucho un silbido y cuando me doy vuelta es el Piti, un criollo que eligió vivir aquí y tiene un almacén de ramos generales que siempre está medio vacío aunque él es optimista y dice medio lleno. El Piti tiene cincuenta años y hace diez que sus amigos dejaron de hablarle porque se casó con una india. Esta noche él tampoco duerme y tiene ganas de conversar. Yo no.
Dice hace calor, contesto que sí, que hace; dice hasta mañana gringa y lo saludo con un gesto mientras camino más rápido y ya veo mi casa y el perro esperándome en la puerta.
Voy hasta el fondo del patio donde hay una canilla; el agua llega fría, directo de la napa, y lleno un balde. Trato de no hacer ruido porque lo último que quiero es que salga el dueño del hotel, que debe estar tan desvelado como yo, a darme charla. Me mojo con un vaso como puedo, la nuca, la cabeza, los brazos, y eso me hace sentir mejor unos minutos hasta que el aire me seca y otra vez el calor.
Entro en mi pieza y dejo la puerta abierta. El resto del hotel está vacío. El perro entra conmigo y se echa al lado de la cama.
En el cielo, al sur, veo los primeros relámpagos.
Al principio, cuando hacía poco tiempo que había llegado al Impenetrable, dejaba la luz encendida al acostarme porque las vinchucas salen en la oscuridad, pero el resplandor pegándome en los ojos me despertaba y finalmente opté por apagarla y taparme hasta la cabeza. Después de unos meses también dejé de preocuparme por eso. En este lugar uno se acostumbra a todo.
Tengo conmigo algunas cosas para animarme: unas fotos, el cuaderno en el que escribo, mi mate, un par de libros y también un perro que no es mío pero me adoptó. Viene todas las noches reclamando caricias y galletas. Ahora está en la puerta, lo escucho suspirar cada tanto y de alguna manera me tranquiliza que esté ahí.
El aire está quieto y siento el pecho apretado como si me hubieran pegado una trompada. Me cuesta respirar; seguramente es efecto del calor y de la sequía, que puede durar diez meses y ya lleva ocho. En estos días, el único tema de conversación en el pueblo es el informe que meteorología pasa por la radio, aunque el pronóstico no sirve de mucho porque es de Sáenz Peña y eso queda a trescientos kilómetros de aquí.
Prendo el televisor; en uno de los canales se cortó la señal y en el otro un pastor con acento brasileño imparte instrucciones precisas para dejar de sufrir. El control remoto tiene algo flojo y cada tanto deja de funcionar. Insisto y aprieto el botón cada vez con más fuerza como si eso cambiara las cosas; al final me paro en la cama y apago la tele que está colgada de la pared. Toco la pantalla, siento la estática en la mano y me quedo mirando la luz fosforescente.
Me acuesto de nuevo, agarro uno de los libros que traje pero me cuesta concentrarme. No hay caso: no podré dormir y de todas maneras tendré que levantarme a las seis porque nos esperan los indios de Pozo del Toba; les prometimos que iríamos a atenderlos y que llevaríamos remedios, que es lo que más les importa.
Desde el monte me llegan los ruidos de los animales exasperados por el calor. Tengo la boca seca; tanteo al lado de la cama porque sé que quedó un resto de cerveza y me lo tomo igual, aunque esté caliente.
Cada tanto vigilo el resquicio de la puerta. Hace unos meses, mientras dormía, sentí que algo lánguido se deslizaba despacio sobre mis piernas y en el mareo cómodo del entresueño se me ocurrió que tal vez fuera una víbora, pero estaba tan cansada que no pude levantarme para ver qué era. Por la mañana, en un rincón de la habitación, encontré una yarará enorme y enroscada, durmiendo. Era un animal bello. Yo hubiera querido devolverla al monte sin lastimarla pero el dueño de casa no estuvo de acuerdo y la mató a machetazos.
Miro el despertador a cada rato, la noche se hace larga y el encierro de la pieza se me vuelve insoportable. Enciendo la luz, me siento en el borde de la cama, busco las zapatillas y las sacudo para asegurarme de que no haya arañas. Me muevo despacio, como si cargara toneladas de plomo en los hombros. Si estuviera en Buenos Aires esta noche saldría a caminar por Corrientes hasta el bajo y llegaría hasta el río, buscando un poco de viento. Visitaría las librerías, tomaría un café; pequeñas cosas que extraño y que aquí resultan impensables.
La opresión en el pecho mejora un poco con el inhalador para el asma. Me pregunto cómo es posible estar enferma de algo tan absurdo que provoque la falta de lo único que sobra en el mundo: el aire. Mis padres creen que la enfermedad empezó cuando nació mi hermano pero yo sé que fue un poco antes, cuando murió Pablo.
No tengo ganas de fumar pero igual fumo. Tengo pocos cigarrillos porque los arenales del camino se hicieron tan profundos con la sequía que los camiones no pueden pasar, y falta casi todo en las despensas.
Salgo al patio para ver si por fin el llegó el viento del sur y trajo la tormenta que ayer daba vueltas en el cielo. El perro sigue de guardia en mi puerta, se despereza y me sigue. Salimos a caminar hasta los bordes del pueblo dormido y el silencio se vuelve tan hondo que me llegan con claridad todas las voces del monte.
Me gusta esta hora de la madrugada en la que estar solo se vuelve más íntimo.
Esta tarde estuvimos trabajando en uno de los parajes que agrupan a los dos mil quinientos wichís que viven en la zona. Viajamos en la camioneta que nos prestan los curas, el único transporte que conseguimos. Durante el día, la luz blanca endurece el paisaje y cuesta mirar. De pronto, entre los árboles secos, los vi: descalzos, las remeras grandes y desteñidas, las gomeras colgadas del cuello. Eran cuatro chicos morenos, de seis o siete años; llevaban pájaros muertos en las manos. Alcancé a ver la mirada feroz de uno de ellos, como un rayo. Pienso que pronto los devorará la violencia de esta miseria interminable y perderán definitivamente la infancia.
Para mí seguirán siendo esa única foto que guarda la memoria.
El perro se adelanta y cada tanto para, se da vuelta y me mira, como si quisiera llevarme a alguna parte. Confío en su instinto y lo sigo. El pueblo se llama Pompeya. Pienso que el nombre le queda perfecto porque de verdad parece Pompeya después de la erupción del Vesubio. Esta noche el paisaje pobre me parece más triste. El perro se mete por un camino angosto. Está oscuro y pienso en los indios que se acostumbran a caminar por estos lugares, en silencio y con los sentidos alertas casi en el borde de lo sobrenatural. Mis sentidos, en cambio, no están tan afilados y todo me parece peligroso. La oscuridad es como una pared y escucho murmullos inquietantes, aleteos, chillidos, cosas deslizándose en la espesura.
El perro se impacienta, da vueltas, se me acerca corriendo y vuelve a irse. Rumbea para el lado del cementerio y me acuerdo de que un poco más allá hay una laguna. Me dejo guiar por el ruido sordo que hacen sus patas al correr por el camino de tierra. La idea de llegar al agua me entusiasma, pero de pronto el perro se detiene y sospecho que pasa algo. Camino un poco más y veo que la laguna está tan seca como el río. Prendo otro cigarrillo y puteo bajito. Ahora tengo que volver y el perro se va, corre hacia el pueblo, dejo de escucharlo.Paso frente a unos ranchos destartalados. La primera vez que atendí en este lugar la gente contaba que Don Alejandrino Hoyos no murió consumido por el cólera, sino por una pelea entre diablos. No importa que haya muerto seco como la tierra, ni que la enfermedad lo haya devastado, ni que los médicos hayan encontrado al vibrión en cada jugo de su cuerpo: la culpa, se sabe, fue de los diablos, dice el pastor evangelista, y la palabra de dios no admite discusiones. Aquí todos son evangelistas y los domingos cantan y bailan en las iglesias hasta la extenuación. Una mañana fui a ver un servicio; los indios cantaban en su idioma, frenéticos, y me pareció entender que decían que sólo entraría al reino del Señor quien hablara wichí.
Un remolino hace dibujos en la tierra y levanta hojas secas. No se ve un alma en las calles; escucho un silbido y cuando me doy vuelta es el Piti, un criollo que eligió vivir aquí y tiene un almacén de ramos generales que siempre está medio vacío aunque él es optimista y dice medio lleno. El Piti tiene cincuenta años y hace diez que sus amigos dejaron de hablarle porque se casó con una india. Esta noche él tampoco duerme y tiene ganas de conversar. Yo no.
Dice hace calor, contesto que sí, que hace; dice hasta mañana gringa y lo saludo con un gesto mientras camino más rápido y ya veo mi casa y el perro esperándome en la puerta.
Voy hasta el fondo del patio donde hay una canilla; el agua llega fría, directo de la napa, y lleno un balde. Trato de no hacer ruido porque lo último que quiero es que salga el dueño del hotel, que debe estar tan desvelado como yo, a darme charla. Me mojo con un vaso como puedo, la nuca, la cabeza, los brazos, y eso me hace sentir mejor unos minutos hasta que el aire me seca y otra vez el calor.
Entro en mi pieza y dejo la puerta abierta. El resto del hotel está vacío. El perro entra conmigo y se echa al lado de la cama.
En el cielo, al sur, veo los primeros relámpagos.
domingo 12 de octubre de 2008
Charo
Charo era una cachorra de pitbull. Después de haberla comprado sus dueños se dieron cuenta de que no estaban dispuestos a educarla. Suele pasar. Decidieron regalarla y a un amigo se le ocurrió que podíamos llevarla al monte, donde tendría todo el lugar del mundo para correr.
Nos pareció una buena idea y Charo pasó a ser mi nueva perra. Cuando volvía por pocos días a mi casa en Buenos Aires, una familia de criollos la cuidaba.
Era una perra buena y amable. Iba conmigo a todas partes, y cuando llovía y no podíamos trabajar, se metía en la carpa y dormíamos la siesta o me acompañaba mientras escribía. Me miraba todo el tiempo, pendiente de cada uno de mis movimientos, esperando caricias. Yo se las daba, claro.
Después de un tiempo Charo se había adaptado al monte y todo parecía estar bien.
Una tarde, mientras cargábamos los bolsos en el auto para irnos, Charo no se despegaba de mi lado y no me dejaba subir al auto. La dejé con un poco de pena, como siempre, y con mil recomendaciones a los criollos que la cuidarían y que tenían la indicación de llamarme a cualquier hora por teléfono si pasaba algo, y una especie de vale por consultas veterinarias que yo pagaba al volver al monte.
Volví una semana después y mi perra no vino a recibirme. Una yarará la mordió cuando fue para el bañado. Charo aguantó tres días y tres noches antes de morirse sola, acostada frente a mi carpa. Sé que me estaba esperando.
Mientras cebaba mate, el dueño de la casa dijo:
-Era solamente un perro.
No dije nada. Por la mañana, bien temprano, fui a la tumba de Charo y me despedí de ella.
Después, levanté mis cosas y caminé muchos kilómetros hasta el próximo pueblo.
El libro
Lorenzo aprendió a hablar en castellano a los cuatro años, cuando su madre lo obligó a irse con un viajante, que era la única forma que un wichí tenía para salir del pueblo. Ese hombre lo crió como a un hijo, le enseñó a hablar y lo mandó a la escuela.
Cuando Lorenzo terminó la secundaria volvió a Pompeya. Se acordaba poco de su madre y nada de su abuela. Tampoco recordaba su idioma. De a poco, ellas le enseñaron a ser indio y también le enseñaron su saber más preciado: el secreto de curar con plantas. Él fue un buen alumno y aprendió todo, y su abuela murió tranquila porque ese secreto milenario estaba ahora en buenas manos.
Unos años más tarde, una antropóloga que llegó al pueblo le propuso a Lorenzo escribir un libro con la magia de las plantas. Él trabajó muchos meses en ese libro, buscando en el monte, describiendo hojas, raíces y formas de administración. Cuando lo terminó, se lo dio a la antropóloga, que se fue con los papeles que Lorenzo había escrito y le prometió que le mandaría el libro.
El libro se publicó, pero Lorenzo nunca pudo verlo. Alguien le contó que su nombre no figura ni en los agradecimientos.
miércoles 23 de julio de 2008
sábado 31 de mayo de 2008
El hospital de Pompeya
Publicado por
Alejandra
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sábado, mayo 31, 2008
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La salud de los pobres,
Vida wichí
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Alicia
Y aunque mandan los hombres, si una mujer se enamora de otro, deja a su marido y cambia de casa y de vida, y algunas veces deja a sus hijos con el padre. Este derecho de las mujeres wichí no se discute y ningún marido abandonado puede enojarse, ni recriminar nada.
Los motivos para dejar a un marido son muchos. Alicia cuenta que el suyo era vago y mal llevado, y que por eso ahora se casó con Luis y se llevó con ella a su hija.
Sabino
Acerca la pava al fuego, prepara el mate y me cuenta que hace unos días vinieron los del INTA a traer semillas.
Eso es bueno, le digo; pero él responde que no, que no es, porque les dejan las semillas pero no les enseñan nada y los wichís no saben cuándo sembrar ni cuándo cosechar porque no fueron ni son labradores; no tienen herramientas para trabajar la tierra, no tienen sombra para que el sol no queme las plantitas, y el agua está lejos y hay que traerla en baldes caminando muchos kilómetros.
Le paso el mate y miro las bolsas de semillas con números y códigos, sin saber qué contestar.
Sabino dice:
-Después seguro vuelven los blancos, el año que viene, para ver qué hicimos. Y van a ver que no hicimos nada, porque no pudimos. No dijeron qué había que hacer, y nosotros no sabemos. Ellos dicen que somos unos vagos y que nos vamos a morir de hambre.
Alrededor del rancho, viento caliente y remolinos de tierra. Arriba se juntan nubes oscuras y pesadas, que al rato estallan en truenos. Pienso que por fin la lluvia sanará las grietas del suelo, que los animales dejarán de morirse de sed, que las aguadas se llenarán de chicos bañándose.
-Mucho ruido, nada de agua-, dice Sabino, mientras la tormenta pasa de largo y el viento se queda quieto otra vez.
La historia de los vencidos

En la escuela de Pozo del Sapo hay doscientos alumnos y un solo docente aborigen: Francisco. Él escribe cosas como estas en el pizarrón de su clase, para que la memoria de su gente nunca se apague.
La llegada al monte
Me acuerdo que pensé que las mariposas eran un buen augurio.
miércoles 28 de mayo de 2008
Piquete aborigen
Dejaba el monte y volvía a mi casa en Buenos Aires. A los pocos kilómetros, el chofer nos informa que habrá demoras en el viaje porque hay un piquete aborigen a la salida de Castelli.Supuse que estarían reclamando la propiedad de las tierras, protestando por las condiciones infrahumanas en las que apenas sobreviven, que se manifestarían contra el desmonte y la tala indiscriminada que el mismo gobierno chaqueño permite.También supuse que serían muchos, cientos, miles, unidos en el reclamo, y eso me dio buena espina, porque todos sabemos que el reclamo de muchos saca del silencio a todos.
Pero cuando llegamos al corazón del piquete, vi esta imagen desoladora de diez tipos al costado de la ruta.
Bajé, pregunté, hablé con varios de ellos. Todos eran wichís, no había tobas aunque comparten la zona. Me dijeron que no sabían bien por qué estaban ahí, unos dijeron que era por el hambre, otros que era por las vinchucas, por el desempleo, porque habían perdido los colchones en la última inundación. Se formó un pequeño círculo y nadie sabía decir exactamente la razón del corte. Hasta que uno dijo:
-Doñita, lo que pasa es que el puntero se fue y nos dejó acá, y el que sabe lo que pedimos es él-.
El puntero, claro, es criollo. Los indios necesitan tanto que no saben por dónde empezar a pedir.
Las casas
El rancho tradicional de los wichís se armaba en un día y estaba pensado para dar resguardo por poco tiempo, un mes como mucho. Palo pique, horcones y ramas para el techo: casas abiertas y frescas, casi sin paredes, que cuando eran abandonadas volvían a ser parte de la tierra y ni rastro dejaban. No alcanzaban a desarmarse ni a llenarse de vinchucas que los indios ya estaban viajando por el monte, buscando otro lugar donde encontrar agua y animales.
Llegó el progreso, los indios ya no son nómades y el gobierno construyó casas de material con techos de chapa. Las ventanas son pequeños triángulos que no dejan correr el aire. Nadie en el Estado se ocupó de mantener las viviendas, y los indios no tienen recursos, así que el machimbre del techo está podrido y las paredes se llenaron de grietas: casa y comida asegurada para la vinchuca. La mitad de la población tiene Chagas, mal que les pese a los funcionarios que dibujan estadísticas mentirosas.
Celia me explica que por eso ellos arman los catres afuera, para poder dormir y respirar, mientras sueñan que la vinchuca no se alimenta esa noche de la sangre de sus hijos.
Publicado por
Alejandra
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miércoles, mayo 28, 2008
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lunes 19 de mayo de 2008
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